sábado, 2 de noviembre de 2013

Cuando se van los invitados

Otro poema muy muy viejo...


Cuando se van los invitados

Cuando se van los invitados
queda el tintinear inaudible
de vasos húmedos y vacíos

quedan pasos en los pasillos
huellas digitales, rastros de risas
ecos de última campanada

cuando se van los invitados
queda el abecedario
torcido y arrugado

queda el pecho descubierto, abierto y adolorido
quedan las piernas lacias
queda la boca callada
queda la tarde estirada
queda el abrazo partido

cuando se van los invitados
vuelven los hábitos intrusos
los muebles pesados como pensamientos
roen las malas yerbas de la alegría
quedan sólo las carcazas, queda poblada la casa
de animales desolados

Montevideo

Un poema que escribí hace muchos años...



Montevideo

Quiero estar en tu mercado del domingo
viendo correr calle abajo peces de plata
dijes entreveros de Torres García
o en la rambla que es el borde del mundo
ese mar con corazón de río

late el agua en cada esquina
bajo los cascos de los caballos
con su bichicome a cuestas
también en ti circula el tiempo
no dejes nunca que se vayan los niños ya viejos
los ojos de marios y menganas
que te salvaron, ciudad piedrita,
del endurecimiento

ciudad casi de papel
cómo no te desgarraron los crueles
qué bueno que un día me encontraste
tan pequeña que podía tomarte en una mano
asombrada como quien halla su ombligo

mirando por primera vez las hojas amarillas
las manos arrugadas de la Chicha
pelando el durazno de mañana
las naranjas naranjísimas
los animalitos del zoo

apoteósico descubrimiento el de las caras pintadas
voces que alguien dejó salir de jaulas
garabatos dibujando mariposas en el aire
más incluso cuando calla la comparsa
y comienza el disimulo del blandengue

ciudad charquito
debes tener mil palabras para nombrar la nostalgia
y ninguna para la zozobra
me guardas para cuando vuelva
los pasos que he dado desde siempre
sé que aunque hasta entonces me acompañes
igual dirás buendía.









domingo, 27 de octubre de 2013

Que el corazón del Universo esté en mi corazón...

Que el corazón del Universo esté en mi corazón.
Que mi corazón esté en el corazón de la tierra.
Que el corazón de la tierra esté en mi corazón.
Que mi corazón esté en el corazón del Universo

(Oración Maya)


sábado, 19 de octubre de 2013

El pez más viejo del río (Miguel Hernández)


EL pez más viejo del río
de tanta sabiduría
como amontonó, vivía
brillantemente sombrío.
Y el agua le sonreía.

Tan sombrío llegó a estar
(nada el agua le divierte)
que después de meditar,
tomó el camino del mar,
es decir, el de la muerte.

Reíste tú junto al río
niño solar. Y ese día
el pez más viejo del río
se quitó el aire sombrío.
Y el agua te sonreía.


Cancionero y romancero de ausencias
1938-1941

viernes, 18 de octubre de 2013

Balada de Hans y Jenny (Aquiles Nazoa)


Amar a Jenny era como ir comiéndose
una manzana bajo la lluvia.

Era estar en el Campo
y descubrir que hoy amanecieron
maduras las cerezas.

Hans solía cantarle fantásticas
historias del tiempo en que los témpanos
eran los grandes osos del mar.

Y cuando
venia la primavera, él la cubría con
silvestres tusilagos de trenzas.
La mirada de Jenny poblaba
de dominicales colores el paisaje.

Bien pudo Jenny Lind
haber nacido en una caja de acuarelas.
Hans tenía una caja de música
en el corazón,
y una pipa de espuma de mar,
que Jenny le diera.

A veces los dos salían de viaje por
rumbos distintos. Pero seguían amándose
en el encuentro de las cosas menudas
de la tierra.

Por ejemplo,
Hans reconocía y amaba a Jenny
en la transparencia de las fuentes
y en la mirada de los niños
y en las hojas secas.

Jenny reconocía y amaba a Hans
en las barbas de los mendigos,
y en el perfume de pan tierno
y en las más humildes monedas.

Porque el amor de Hans y Jenny era
Intimo y dulce como el primer
día de invierno en la escuela.
Jenny cantaba las antiguas baladas
nórdicas con infinita tristeza.

Una vez la escucharon unos estudiantes
americanos, y por la noche todos
lloraron de ternura
sobre un mapa de Suecia.
Y es que cuando Jenny cantaba,
era el amor de Hans
lo que cantaba en ella.

Una vez hizo Hans un largo viaje
y a los cinco años estuvo de vuelta.

Y fue a ver a su Jenny
y la encontró sentada,
juntas las manos,
en la actitud tranquila
de una muchacha ciega.

Jenny estaba casada y tenía dos niños
sencillamente hermosos como ella.

Pero Hans siguió amándola
hasta la muerte, en su pipa de espuma
y en la llegada del otoño
y en el color de las frambuesas.

Y siguió Jenny amando a Hans
En los ojos de los mendigos
Y en las más humildes monedas.

Porque, verdaderamente,
nunca fue tan claro el amor como cuando
Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind,
el Ruiseñor de Suecia.

miércoles, 16 de octubre de 2013

sábado, 5 de octubre de 2013